Hace cuatro décadas el Perú vivía una realidad trágica. Los perros
colgados en postes, carteles con mensajes de muerte, caídas de torres eléctricas
fueron de las acciones, de un grupo de desgraciados, que sufrían los peruanos.
Todo inició con un profesor de filosofía de la Universidad
de Huamanga en Ayacucho, Abimael Guzmán Reynoso, que con sus ideas
revolucionarias empezó a instruir a los universitarios. La gente que lo conocía
decía que siempre andaba con un libro en mano y con apariencia intelectual,
algunos lo apodaron “El Shampo”, porque siempre trataba de lavar la cabeza de
las personas, con sus ideas. Probablemente su forma de persuadir a las personas
fue efectiva, así pudo manipular a tanta gente, para que lo apoyen en su
despiadado plan.
Abimael Guzmán también conocido con el seudónimo de “Presidente
Gonzalo” y en sus inicios como “camarada Álvaro”, fue quien lideró la organización
subversiva Sendero Luminoso, que tenía como meta, reemplazar las instituciones
peruanas, que consideran burguesas, por un régimen revolucionario campesino
comunista. Los libros de Karl Marx y Mao Tse Tung, influyeron en las ideas de
Abimael.
Durante su etapa de catedrático, a sus estudiantes les inculcaba sus
ideales, a tal punto de hacerlos revelarse contra el estado. Asi fue formando
su ejército para posteriormente aterrorizar a la nación.
La indiferencia del gobierno de turno fue una de las
principales causas para que este movimiento revolucionario se establezca en
Huamanga, Ayacucho. Los pobladores se sentían marginados por el estado,
simplemente no existían. En 1980 Sendero Luminoso ya había llegado a más gente
de los pueblos de Ayacucho, que el estado, fue entonces que como medida de revelación
contra el proceso electoral que se realizaba, incendiaron uno de los locales de
votación. Los revoltosos eran más que las unidades de resguardo que se
encontraban en Ayacucho, por lo cual pudieron salirse con la suya.
A pesar de todo, el ejército revolucionario de Guzmán aún no
era suficiente para poder cumplir con su objetivo, el cual era llegar a la
capital y tomar el poder a la fuerza a través del miedo. Los ataques terroristas
continuaron en Ayacucho y, el estado seguía siendo indiferente con la población
de este humilde departamento. Los pobladores fueron los primeros en darle la
cara al terrorismo, lo cual solo provocaba más ataques, pero ya no solo contra
el estado sino también contra la población directamente, para sendero estos campesinos
eran traidores y por eso merecían la muerte. A través del miedo lograron reclutar
más camaradas, para llegar a la capital, en esta empezaron sus acciones a través
de apagones y posteriormente coche bombas. Después de los ataques en Lima, el
estado empezó a mostrar interés en estos hechos.
Una década después de haberse iniciado esta época de terror,
los ataques terroristas continuaban y, cada vez los senderistas eran más, esto
solo demostraba que el accionar del estado era inservible para contrarrestar la
revolución comunista. En 1990 se vivía nuevamente elecciones en el Perú, las
propuestas de los candidatos estaban fijadas en acabar con el terrorismo,
Alberto Fujimori Fujimori, ganador de estas elecciones, no quiso hacerse problemas,
con un plan similar al de los terroristas, empezó una cacería contra todo aquel
que sea sospechoso, y de igual manera empezó a asesinar a inocentes.
El saldo de esta masacre, entre terroristas y el estado
fujimorista, fue de 70 000 personas asesinadas. El accionar del estado solo sirvió
para incrementar la cfra de muertos, pues los héroes que acabaron con el
terrorismo fueron los integrantes del Grupo Especial de Inteligencia Nacional (GEIN),
que durante años estuvieron siguiendo los pasos del Cachetón, Abimael Guzmán, y
pudieron acabar con el terror que se vivía en el Perú.
Es importante no olvidar estos hechos y más aún, reconocer a
los verdaderos héroes de esta época tan horrible como fue la del terrorismo, ya
que durante mucho tiempo se ha pensado que el héroe fue el gobierno de Alberto Fujimori,
sin embargo, este solo fue un terrorista más. Los jóvenes estamos en la obligación
de informarnos, para no olvidar. Como dice Napoleón Bonaparte "Aquel que
no conoce la historia, está condenado a repetirla".

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